• Intentan en acto de Astudillo llenar el Juan Ruiz de
Alarcón y terminan en el Triángulo del Sol
• “Así está mejor, más compactos, ¿verdad?”, arengaba,
pidiendo disculpas, el orador Roberto Salazar
Eran casi las 17:30 horas y el coordinador operativo de la
campaña del PRI a gobernador, Ernesto Rodríguez Escalona, andaba que no cabía.
No era para menos: los nuevos adherentes del Partido Humanista no habían
llenado ni siquiera una tercera parte del teatro Juan Ruiz de Alarcón, en el
Centro Acapulco, a lo que se habían comprometido.
En las escaleras, prácticamente sin importarle la presencia
de los reporteros, Rodríguez Escalona daba instrucciones para salvar el
bochorno:
-Llamen a la gente, acomódenla abajo.
Abajo era otro salón, más pequeño, el Triángulo del Sol. En
el Juan Ruiz de Alarcón ya se habían instalado los humanistas que, encabezados
por Miguel Ángel Hernández Garibay, en ese evento se adheriría a la campaña de
Astudillo Flores, cuando los priístas se percataron de que no llenaban.
-Llamen a la gente –insistía Rodríguez Escalona.
Así que los cientos de militantes que, según la información
oficial de la campaña, provenían de sitios como Ahuacotzingo, Taxco, Lomas de
Chapultepec, Renacimiento, “la hermana república de Oaxaquillas”, como decía el
presentador Roberto Salazar, Tres Palos, La Poza, Altos de Miramar, o
Tixtlancingo, no tuvieron otro remedio más que agarrar con todo y chivas y
hacer el traslado. En el cambio, sin embargo, algunos bajaron las escaleras del
Juan Ruiz de Alarcón hacia el Triángulo del Sol, se siguieron derecho hacia el
área de las fuentes, llegaron a la Costera y tomaron rumbo desconocido.
Rodríguez Escalona se movía de un lado a otro, desesperado.
El éxodo, sin embargo, le fue venturoso: el Triángulo del Sol pronto se llenó y
exhibió otro dato revelador: no había suficientes sillas, lo que era bueno y
malo. Malo por ser incómodo, pero bueno porque daba la imagen de un salón
desbordado de militantes.
Ya estaba lleno el salón y aún no estaba acondicionado. Unos
hombres trabajaban con una escalera para colocar, en el sitio donde estaría el
presídium, una manta con los logotipos del PRI y del Humanista, bajo la mirada
que echaba chispas de la coordinadora de la campaña, Alicia Zamora. Como no
alcanzaban las sillas, los propios militantes tenían que cargar la suya para
sentarse, hasta que más tarde llegó un paquete de desplegables.
Una fotógrafa tomó imágenes de los trabajos y Zamora
Villalba la obstaculizó con su cuerpo, apoyada por otro priísta que supervisaba
la organización del evento.
-¿De dónde vienes? –le preguntó la coordinadora a la
reportera, quien le respondió con el nombre del medio para el que labora.
La priísta entonces insistió: “no puedes tomar fotos,
todavía no comienza el evento”.
Mientras las sillas iban y venían, y los hombres de la
escalera trabajaban afanosos, y el salón seguía llenándose, en el micrófono
Roberto Salazar seguía tratando de amenizar el momento. “¿Sí o no, se ve mejor
aquí? Están más compactos, ¿verdad?”, preguntaba a un auditorio que no lo
atendía.
Nombraba las comunidades y municipios representados por los
del Humanista que en unos minutos más se unirían a la campaña del PRI.
“¡Ahuacotzingo, un aplauso!”, “Tecoanapa, que se oiga”.
Luego, ofrecía: “Una disculpa. Se nos tronó una pastilla de
aquel lado (en el Juan Ruiz de Alarcón), pero ya ven, hicimos el cambio y se va
a ver más compacto, va a haber más acercamiento con el candidato”. Eran casi
las 6 de la tarde y el evento, anunciado para las 5, no comenzaba.
Salazar seguía nombrando comunidades presentes: Las Mesas,
Tres Palos, Juan R. Escudero.
Un grito sobresalió de entre el barrunto en que estaba
convertido el salón:
Roberto Salazar debió buscar en la mente la ubicación de esa
comunidad, sin encontrarla, porque desde el micrófono preguntó a la mujer que
había gritado y que, desde el centro del salón, seguía tratando de hacerse oír:
-¿De qué municipio es Las Sillas?
-¡Sillas, queremos sillas, faltan sillas!
-Ah… ahorita vendrán sillas, sí, claro que sí.
Cuando llegó el candidato Héctor Astudillo ya todo estaba
arreglado: las sillas colocadas, los humanistas sentados y la gran manta con
los logotipos, bien colocada. Ernesto Rodríguez Escalona había recuperado el
color.
Sólo Alicia Zamora seguía moviéndose nerviosa. Sus ojos
parecía que echaban chispas.

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