Los comunitarios y los federales hicieron parte del viaje en
lanchas. (Jorge Carballo)
Desde que se involucraron en el caso de los 43 normalistas
de Ayotzinapa, los comunitarios de la Upoeg andan a la caza de pistas donde
puedan encontrarlas
HISTORIA POR VÍCTOR HUGO MICHEL MILENIO
01/11/2014
Guerrero - Esa madrugada del miércoles pasado el sicario ya
había bebido los suficientes mezcales para comenzar a fantochear.
—Nos los llevamos a la Cueva del Diablo. Matamos a los más
bravos y a los otros los tenemos ahí —balbuceó frente a sus compañeros, un
grupo de tipos de mala pinta.
En la mesa de al lado, un cliente solitario aguzó el oído
para agarrar todos los detalles del relato. Había mucho que escuchar: la lengua
se le había soltado al matón a sueldo en esa cantina de poca monta de Iguala, donde
más de uno sabe que es de sentido común callar para mantener la cabeza pegada a
los hombros, aún ahora, con la ciudad tomada por los federales. Pero nuestro
sujeto, aceitado por los mezcales, descartó toda regla de discreción. O dijo lo
que sabía, o comenzó a imaginar cosas.
—Los subimos a dos camiones de pescado y luego nos los
llevamos en lanchas por el Balsas. Tenemos vivos a la mitad en la cueva —contó.
Sus compañeros escuchaban atentos.
El sicario, o quien quiera que fuera, decía trabajar para los
Guerreros Unidos. No era —y quedaba muy claro— un tipo prudente, menos con la
guerra que se ha desatado con Los Rojos y con agentes de inteligencia por todos
lados. Vaya, medio Cisen se encuentra en el estado. Pero con solo una botella
encima acababa de soltar la sopa a sus amigos de farra. Dio varios detalles: la
noche del 26 de septiembre balearon a tres en Iguala y luego tomaron camino
hasta la presa El Caracol de madrugada, en una carretera que serpentea entre la
montaña y que termina casi junto al agua. Después de transportarlos en lanchas
río abajo, a los muchachos se les había hecho marchar en fila india en la
selva. No todos llegaron. Algunos murieron asesinados en el camino, sus cuerpos
fueron lanzados por la borda.
El relato seguía con más detalles. La cueva en la que los
tenían retenidos estaba a una hora y media en barco de Acatlán, en una
localidad conocida como Acatlancillo, cerca de una cascada sin nombre. Más de la mitad de los normalistas seguían ahí,
atrapados, bajo la custodia de una recua de narcos.
—Están vivos —insistió el sicario.
Y así, de súbito, el
secreto mejor guardado de México se ventilaba en un bar, escapándosele a un
tipo con tragos de más. A unos metros, en la mesa contigua, el cliente de oídos
agudos, que en realidad era un policía comunitario de la Unión Popular de
Organizaciones del Estado de Guerrero (Upoeg), dio las gracias a la mesera,
pagó su trago y regresó a su campamento con la primicia.
En la búsqueda de los 43 estudiantes desaparecidos de
Ayotzinapa, un misterio que ha desafiado al Estado mexicano y al gobierno
federal durante más cuatro semanas, había un nuevo, aunque poco probable y
hasta disparatado rastro. Pero la desesperación lleva a buscar en donde sea. A
las fosas de Iguala, las de Cocula y los huesos sumergidos en el río San Juan
se añadía la pista más extraña hasta el momento.
Invención o no, el relato fantástico fue tomado en serio en
varios niveles, incluidos los oficiales. Abría la posibilidad de hallar con
vida a estudiantes que hasta entonces habían sido buscados en pretérito, solo
en fosas. Se trataba de algo tan sencillo como esperanza, de aquello que si no
existe es reemplazado por la muerte, según define el antropólogo Michael
Taussig.
“Sin la esperanza lo que queda es la muerte. La muerte del
espíritu. La muerte de la vida, donde ya no hay sentido de regeneración o
renovación”, sostiene.
***
La Upoeg lleva un mes de trabajos casi heroicos. No vuelven
a casa desde septiembre. Nadie les paga y tienen que racionar la gasolina. De
día mal comen y de noche, cuando pueden, duermen en un campamento en el zócalo
de Iguala. Son como sabuesos alocados: andan por brechas y sierras donde nadie
en su sano juicio se metería y en ese trajín han descubierto varias fosas con
cuerpos. Han sido más eficientes que muchos criminalistas entrenados.
Pero comienzan a sufrir el desgaste de la búsqueda. Su ropa
se ve sucia. Sus vehículos lucen más destartalados y polvosos de lo habitual,
que ya es decir mucho. Encima, varias esposas están sumamente molestas por la
larga ausencia de sus hombres, que hace cuatro semanas se fueron a tratar de
encontrar a los jovencitos de Ayotzi armados de machetes e imbuidos de un
primordial sentido de justicia.
“Mi esposa me regañó el otro día, que cómo es que dejaba a
mi familia, que me ponía en riesgo, que los ponía en peligro y yo le dije ‘¿y a
la familia de esos chicos, qué? ¿A ellos quién los ayuda a encontrar a sus
hijos?’”, dice Lucas Pita, un igualteco que dejó todo por ir a la búsqueda de
los normalistas. Es una opinión ampliamente extendida entre sus compañeros. “Vamos
a encontrarlos vivos”, promete Crisóforo García, uno de los comandantes.
Pero no han encontrado nada. O lo que han hallado —en las
fosas de Iguala—, aún no ha sido plenamente identificado. En tanto, con el paso
de los días las provisiones ya comenzaron a escasear. “Ojalá nos comiencen a
apoyar los empresarios con gasolina. Es muy difícil trasladarnos de una
comunidad a otra todos los días”, sostiene Lino Ponce, asistente de Bruno
Plácido, líder y creador de la policía comunitaria guerrerense, que desde hace
casi dos años mantiene su propia guerra contra la delincuencia organizada en
varios municipios de Guerrero.
Desde que se involucraron en el caso de los normalistas de
Ayotzinapa, los comunitarios de la Upoeg andan a la caza de pistas donde puedan
encontrarlas, como todos unos detectives tropicales. Cualquier dicho, cualquier
rumor, es digno de ser revisado. Una fosa en el cerro: hay que ir. Una casa de
seguridad en el pueblo: hay que revisarlo. Ropa en la montaña: puede ser de los
chicos. “A estas alturas hay que descartar toda posibilidad”, dice don Migue,
uno de los líderes de la columna estacionada en Iguala, donde han establecido
una base de operaciones. Se trata de un campamento de casas de campaña al que a
diario llegan datos y versiones.
Fue así como esta semana les llegó el rumor de la Cueva del
Diablo y una misión se organizó al Nuevo Balsas, en uno de los confines más
remotos de Guerrero, en la presa de El Caracol. El dato les resultó tan
interesante que los comunitarios se acercaron a la Gendarmería, que por estos
días ya está en Guerrero, con una petición:
¿No prestan algunos hombres y helicópteros para ir a la
cueva?
La Policía Federal, tan hambrienta y desesperada por
encontrar pistas como la UPOEG, dijo sí.
***
Muchos lugares tienen su cueva del diablo. Son sitios que se
prestan al mito y que generalmente involucran a un demonio que habita en su
interior, donde lleva almas robadas. Una interpretación antropológica dicta que
la caverna inconscientemente es asociada con una entrada al inframundo y, por
ende, con la maldad. De ahí la replicación del mito en varios estados y países.
En Iztapalapa hay una. En Mazatlán, otra. En Veracruz hay al menos dos.
Alemania tiene la suya. Hay en Florida, Bulgaria, Brasil, Japón y Australia.
En Guerrero hay dos. La que nos atañe y que de alguna manera
se filtró al tema Ayotzinapa, se encuentra cerca de Nuevo Balsas, a unos 30
kilómetros de Cocula, donde la Procuraduría General de la República realiza
peritajes en un tiradero a cielo abierto y en el río San Juan. En ambos han
sido hallados restos óseos y osamentas.
***
El jueves pasado, eran las 12 del día y una larga columna de
gendarmes y comunitarios esperaba en el embarcadero de Nuevo Balsas a que un
helicóptero Blackhawk terminara las labores de reconocimiento en el área
circundante a la Cueva del Diablo. Los federales iban armados hasta los
dientes. La Upoeg llevaba varas y machetes.
Formados junto a los botes, los gendarmes escucharon la
advertencia de su comandante. “Hay que estar precavidos”, les dijo. “No hay
condiciones en esa zona. Hay mucho plantío de mariguana y amapola”. En un mapa,
los federales trazaron las siguientes coordenadas: latitud 17 grados, 55
minutos, cero segundos norte por longitud 99 grados, 58 minutos y 30 segundos
oeste.
La Cueva del Diablo estaba trazada en un punto rojo.
(Mañana: La Cueva del Diablo)
