lunes, 11 de mayo de 2015

Héctor Astudillo

Por Roberto Ramírez Bravo
11 mayo 2015

La Jornada Guerrero

Héctor Astudillo Flores comenzó su campaña en pos de la gubernatura de Guerrero con una sombra y una esperanza.
La sombra estaba representada por el recuerdo del fracaso de 10 años antes, cuando perdió frente a Zeferino Torreblanca Galindo y la coalición de izquierda conformada por PRD, PT y Convergencia (hoy Movimiento Ciudadano), pero también por la crisis que en el PRI significó su propia candidatura por segunda ocasión.
La esperanza estaba cifrada en que la coalición que lo derrotó 10 años antes, en 2015 se vio fracturada por las postulaciones de Beatriz Mojica y Luis Walton, por PRD y MC, respectivamente, con lo que se abría un escenario parecido a 2008 en Acapulco, cuando, después de estar en un lejanísimo tercer lugar, el PRI se alzó con Manuel Añorve como candidato hasta el primer sitio y dejó atrás a los que, igual que ahora, partieron la coalición: Walton por Convergencia y Gloria Sierra por el PRD. Además, había escenarios colaterales: Movimiento Ciudadano no tiene suficiente estructura en el estado, sólo en Acapulco, donde las críticas a la administración de Walton no han sido menores; y el PRD estaba golpeado por el caso Ayotzinapa en virtud de que el presunto responsable de la desaparición de los 43 normalistas era perredista, por la caída del gobernador Ángel Aguirre y por las renuncias de importantes dirigentes, como Cuauhtémoc Cárdenas, Marcelo Ebrard y otros. Por si ello no bastara, enfrentaría a un candidato, Walton, desgastado por su reciente ejercicio en la administración del puerto; y a una candidata, Beatriz Mojica, que era poco conocida en el estado.
Así, Astudillo parecía comenzar una carrera que, salvando su propia crisis interna, auguraba llevarlo directamente a Casa Guerrero.
Pero el candidato siempre supo que no sería tan fácil. Hace 10 años, tras la derrota en la campaña, tomó un avión hacia algún lugar –lo cuenta él mismo– y ahí halló un folleto que hablaba sobre la Pascua. Al leerlo, encontró la anécdota de un Jesús que un día entra a la ciudad y es recibido como un rey, y una semana más tarde es crucificado. Es la volatilidad de la voluntad popular, lo que reflexionó el chilpancingueño que venía de una cruenta derrota, la primera que sufría su partido en 70 años.
Por eso, en cuanto tiene oportunidad, le dice a quienes lo escuchan: no se confíen, no hagan caso de las encuestas, no se sientan tan seguros. Ganar no basta: hay que ganar con un margen muy amplio. Político hábil, Astudillo esconde el temor en una necesidad: hay que ganar por margen amplio porque el próximo gobernador necesita estar muy fortalecido, ante los graves problemas que enfrenta el estado. Claro, pero primero hay que ganar.
La esperanza de triunfo con que empezó su campaña se ha ido desdibujando: el PRD no cayó por los suelos, y MC poco a poco se fue convirtiendo en una amenaza real, de modo que la separación de la izquierda no partió en dos mitades al adversario, sino que lo duplicó.
El caso Acapulco se convirtió en otra piedra en el zapato. Nadie parece negar las prendas humanas del doctor Marco Antonio Terán Porcayo, pero pocos le dan el carácter del líder que en este momento necesita el priísmo para recuperar Acapulco. Y Acapulco concentra nada menos que 25 por ciento del electorado.
En las condiciones en que van, Astudillo no puede darse el lujo de perder el puerto. ¿Pero cómo revertir el desastre anunciado? La ausencia del clan de los Figueroa ha causado una expectativa negativa en el PRI, al extremo de que el propio candidato a gobernador ha tenido que justificar en alguna ocasión: “soy candidato de unidad, no de unanimidad”, dijo en La Venta. Luego acotaría: “lo que menos puedo hacer también es subestimarme tanto, ¿no?, que ustedes me vean hincado pidiendo perdón”. No es que Rubén Figueroa Smutny sea muy querido en el puerto o que su clan siga siendo todopoderoso. Es simplemente que cualquier suma cuenta y cualquier resta daña.
Faltan unos 20 días de campaña, y las posibilidades que tiene Astudillo de separarse de manera contundente de sus competidores son cada vez más reducidas. No es que sea imposible que tome ventaja repentina y pueda ganar, pero en un estado marcado por un escepticismo hacia todos los políticos, que estará signado por un alto abstencionismo, parece que se requeriría de más énfasis, de más esfuerzo, para derrotar a la derrota de hace 10 años.
En el equipo de campaña y en el propio candidato –que ambos son los mismos de 2005– se ve algo de cansancio, algo como el trauma de un dolor añejo e insuperable, algo difícil de entender.
Pareciera, en ese sentido, que es una campaña frente a nadie. No hay nadie a quién derrotar, no hay nadie a quién convencer. Es como si la tristeza se paseara por los actos del tricolor, atrás incluso de las sonrisas y las fotos festivas.
Eso no significa que el PRI tenga que perder. Sólo quiere decir que su reto es mayor, precisamente porque comenzó con todo para ganar. Como dice el propio Astudillo: se requiere un amplio margen, aunque no sea para ganar con fuerza, sino, simplemente, para ganar. n

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